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Resulta interesante el hecho que uno podría ir marcando la vida que va pasando según los viajes que haya podido concretar.
En mi caso definitivamente los viajes han ido dejando una huella indeleble y han traído consigo, para bien o para mal, una reafirmación de la mayor parte de las cosas en las que ya creía.
Durante mi adolescencia, sólo una vez con mi familia hicimos un viaje. Ese que significa planificar, hacer maletas, conocer una forma de vida diferente. Fuimos invitados a Purén, a pasar Semana Santa. Antes habíamos salido de Santiago, sólo llegando hasta Viña, Valparaíso y en el recorrido más aventurado, Horcón.
A pesar que el viaje a Purén fue hace por lo menos 20 años y que luego de éste he tenido la posibilidad de viajar mucho más lejos, recuerdo cada uno de los detalles, como si todavía fuera el único viaje que hayamos hecho: el olor del pan amasado en la casa en la que estuvimos, como la señora de la casa guardaba estantes interminables con conservas, la plaza del pueblo, el fuerte, la luna en el Lanalhue, Nahuelbuta, los copihues en el cerro Ñielol… incluso que el agua al ducharme tenía una consistencia diferente. Recuerdo hasta cómo todo el viaje escuchamos el casete de The Mission que me había comprado en un maratónico viaje a Providencia, grupo que hasta el día de hoy mi viejo sigue escuchando.
A lo mejor todo esto no era tan así. Pero esta sensación de lo nuevo, del viaje en familia, se transformó en un referente para mi vida posterior.
Sólo puede volver a salir de Santiago en plan de viaje cuando estuve trabajando con Los Miserables. Pero definitivamente ese primer viaje, el familiar, fue el que reafirmó en mí la creencia que es una necesidad y que uno debiera por lo menos una vez en la vida, experimentar esta sensación de descubrimiento de otras realidades.